El Zarco by Ignacio Manuel Altamirano

By Ignacio Manuel Altamirano

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Permaneciendo poco tiempo en cada lugar, sirviendo por pocos días en cada hacienda, y cultivando relaciones de caballeriza o de juego, que duraban un instante y que se alteraban con frecuentes riñas que las convertían en enemistades profundas, él verdaderamente no había tenido amigos, sino compañeros de placer y de vicio. Al contrario, en aquellos días su carácter se formó completamente, y ya no dio cabida en su corazón más que a las malas pasiones. Así, la servidumbre consumó lo que había comenzado la holgazanería, y los instintos perversos, que no estaban equilibrados por ninguna noción de bien, acabaron por llenar aquella alma oscura, como las algas infectas de un pantano.

A los indefensos? -dijo el Zarco, picado a su vez en lo más vivo-. ¿Eso dice tu madre? Pues se equivoca la buena señora; también sabemos atacar a la tropa, y cansados estamos de hacerlo y de triunfar ... ¡Indefensos! Pues bueno fuera que hubiera visto la pelotera de anoche. , se defendían con sus rifles, con sus pistolas, con sus espadas. -¡Ay, Zarco, dicen que mataron a las mujeres y a los niños! -¿Quién dijo eso? -El herrero. -¡Indio hablador! -¿No es cierto? -¿Que se murieron? Sí, se murieron, pero nosotros no los matamos, se murieron en la refriega.

Podía convertir su botín, que era importante, en tierras de labor, en un rancho, en una tienda. Pero él no sabía trabajar, y sobre todo, le repugnaba hondamente esa existencia de trabajo oscuro y humilde, monótona, sin peripecias, aburridora, expuesta siempre al peligro de una denuncia, sin más afán que el de ocultar siempre el pasado de crimen, sin más entretenimiento que el cuidado de los hijos, sin más emociones que las del terror. No; era preciso seguir así por ahora, que después ya habría tiempo de decidirse, según lo exigieran las circunstancias.

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